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Tampico: la conexión zapatista

Publicado el 24 de marzo, 2013 a las 8:03 horas.    Escrito por Héctor Garcés
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Tampico, Tamaulipas.- A casi 20 años de que surgió el movimiento zapatista de liberación nacional en Chiapas, la historia señala la participación de 3 tampiqueños que, desde distintas trincheras, fueron protagonistas de una trama de película.

Fue el guión de una historia tejida por los sueños de justicia y la ambición política, aderezada con la negociación de quienes, por amistad de la juventud, evitaron que el Subcomandante Marcos fuera rodeado, capturado y, tal vez, asesinado por el gobierno federal del viejo régimen priista.

Esos tres tampiqueños fueron ‘el guerrillero’ Rafael Sebastián Guillén Vicente, el político Joaquín Contreras Cantú y el empresario Max García Appedole.

Joaquín Contreras Cantú, ex alcalde de Tampico, ex diputado federal, ex secretario de Educación de Tamaulipas y ex titular de la Delegación Cuauhtémoc en el Distrito Federal, jugó un papel en la catacumbas del poder en los sucesos que acontecieron en Chiapas en 1993 y 1994.

Político porteño consentido de Joaquín Hernández Galicia, no sólo logró salvarse del ‘Quinazo’, sino que Contreras Cantú se acomodó en una posición relevante al administrar la delegación de mayor influencia económica de la Ciudad de México, de la mano de su amigo y -entonces- jefe político, Manuel Camacho Solís.

Además, la pieza de Joaquín Contreras Cantú es central en la trama ejercida desde el poder por una razón muy sencilla: era amigo de la familia Guillén Vicente.

Mercedes del Carmen, mejor conocida como ‘Paloma’, ahora subsecretaria de Gobernación, fue diputada local por primera vez en el periodo 1983-1986 gracias al impulso que le ofreció el ex presidente municipal de Tampico.

La cercanía de Joaquín Contreras Cantú con la familia Guillén Vicente era tal que, de niño, Rafael Sebastián le decía ‘tío’ al político que, finalmente, falleció en diciembre de 2007, cuando era secretario de Educación del estado, en el sexenio de Eugenio Hernández Flores.

La conexión de Tampico con el movimiento zapatista de Chiapas a mediados de la década de los noventas va más allá del Subcomandante Marcos.

Otra figura será central: Edén Pastora, figura del movimiento sandinista en Nicaragua.

Conocido como ‘El Comandante Cero’, el guerrillero nicaragüense visitó Tampico en varias ocasiones, invitado por amigos diversos como José Puente León, Alvaro Garza Cantú y Max García Appedole.

La opinión de Edén Pastora será decisiva, en 1995, tras conocerse la identidad del jefe del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, para salvarle la vida al guerrillero tampiqueño que estudió con los Jesuitas.

HOMBRE CULTO, BRILLANTE

La historia oficial registra que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) irrumpió en la vida pública nacional la madrugada del primero de enero de 1994, justo cuando iniciaba el Tratado de Libre Comercio (TLC), acuerdo económico que se convirtió en eje rector del sexenio de Carlos Salinas de Gortari.

Los rezagos sociales en la región más pobre de México eran exhibidos por un grupo de indígenas encabezado por un hombre que, desde la breve irrupción armada del movimiento, llamó la atención por cubrirse el rostro con un pasamontañas.

Un año después, el 9 de febrero de 1995, cuando el presidente de la república ya era Ernesto Zedillo, se conoció la identidad de quien se cubría la cara.

El Subcomandante Marcos era en realidad Rafael Sebastián Guillén Vicente, un hombre que nació en Tampico el 19 de junio de 1957 y que cursó su estudios de secundaria y preparatoria en el Instituto Cultural Tampico, de la Compañía de Jesús.

La noticia, que repercutió a nivel internacional, cimbró a Tampico. Las redacciones de los periódicos locales se llenaron de peticiones de información, datos extraoficiales y fotografías del misterioso personaje por parte de medios de todo el mundo.

Una foto se inmortalizó: la gráfica se tomó para la sección de Sociales de El Diario de Tampico -hoy Milenio- durante la conferencia que ofreció un entonces desconocido Rafael Sebastián Guillén Vicente ante miembros de la Asociación de Ejecutivos de Ventas y Mercadotecnia.

Invitado por su padre Alfonso Guillén, que era integrante de la organización pro empresarial, el evento se realizó el 26 de marzo de 1992. La foto fue tomada y publicada en las páginas de la vida social del diario.

En 1995, tras descubrirse la identidad del guerrillero, la fotografía fue portada de la revista Proceso.

El hombre de la enigmática capucha, que gustaba aparecer fumando tabaco en un puro, durante sus años juveniles convivió con tampiqueños que lo conocieron muy bien: Carlos Leyva Amour, Gerardo Villaseñor, Carlos Heredia Zubieta y, uno en especial, Max García Appedole.

Este activo empresario, que ahora reside en Estados Unidos, fue el compañero de mesabanco de Rafael Sebastián Guillén Vicente en el Instituto Cultural. Y no sólo estudiaron juntos, eran amigos.

Desde un lugar de los Estados Unidos, Max García Appedole recuerda los años de juventud en los que compartió estudios y anécdotas con quien después sería el famoso Subcomandante Marcos.

‘Rafael Guillén es un hombre idealista, muy brillante, destacado, que quiso hacer el bien, que fueron en parte las enseñanzas que nos daban los Jesuitas en aquella época en la que estudiábamos en el Cultural de Tampico’, relata.

‘Los Jesuitas nos enseñaban a ayudar a las demás personas. Nos enseñaban a organizar eventos que se llamaban las misiones, que teníamos que contribuir con una idea o un negocio, con diferentes lugares para ir a ayudar’, recuerda vía telefónica.

Añade: ‘En Tampico, en particular, se seleccionó la colonia Pescadores, y ahí, en la Pescadores se comenzaron a hacer actividades del Cultural, en donde algunos participábamos en ese trabajo.

Y enfatiza: ‘Rafael, muy entusiasta, se identificó mucho con eso’.

HACER LA REVOLUCION

Cuando concluyeron sus estudios en el Instituto Cultural, Rafael Sebastián Guillén Vicente le dijo -en tono casi profético- a Max García Appedole: ‘Me voy a hacer una revolución para luchar contra todo aquello que tú representas’.

Max García Appedole, hijo de doña Gilda Appedole, es un hombre de mundo: conoce a múltiples empresarios, políticos, artistas, deportistas, filántropos, periodistas, etcétera.

Bajo la aguda mirada de quien ya portaba ideales revolucionarios, era visto como un burgués, un representante de la iniciativa privada y el capitalismo.

‘Me veía a mí que yo representaba a los empresarios y los privilegios que, a lo mejor pensaba, yo tenía. Así era Rafa’, comenta el hombre de negocios.

‘Nos conocemos muy bien. Siempre estábamos sentados como compañeros de mesabanco, uno a lado del otro’, recuerda.

Como sucede cuando los jóvenes terminan sus estudios de preparatoria, cada quien toma su camino. Max García Appedole tomó el suyo y pasaron varios años hasta que ocupó la presidencia de la Federación Mexicana de Acuacultores.

Fue entonces cuando Rafael Sebastián Guillén Vicente lo invitó a ofrecer una conferencia en la Universidad Autónoma Metropolitana, donde era profesor en la Escuela de Ciencias y Artes para el Diseño.

‘Ese fue el último acto público de Guillén, muy pocas personas lo saben. El ya había renunciado, se adelantó su ida a Nicaragua. Ya me había invitado y yo le dije: Yo voy Rafa, pero tú me vas a atender, si no vas a ir, ¿a qué voy?’, narra Max García Appedole.

La conferencia del empresario versó sobre el manejo de insumos y tecnología de punto en acuicultura. Eso era lo de menos.

‘Yo tenía curiosidad de hablar con él, porque siempre lo consideré un hombre muy brillante y no sabía nada de él. De Rafael no tenía noticias y me llamaba la atención saber dónde andaba, qué hacía, porque era alguien muy inteligente y era lógico esperar que tendría éxito en algo o intentando alguna cosa. Por eso fui, a saludarlo, a verlo’, menciona.

‘Me dijo que iba a ir a Nicaragua, que se iba a ir a una estación de radio y también a hacer labor social en las zonas marginadas. No tenía pensado hacer ningún otro negocio, ni nada’, señala el tampiqueño descendiente de la comunidad libanesa.

UN JAIBO GUERRILLERO

Los años pasaron. La familia Guillén Vicente poco o nada sabía de la vida de Rafael Sebastián.

Salvo por sus dos breves estancias en marzo de 1992, en una de ellas acompañado por una mujer de nombre Yolanda -al parecer de nacionalidad nicaraguense-, sus familiares desconocían prácticamente todo de él. Sin embargo, su silencio, su marcada distancia, generaba sospechas.

Recordar la historia provoca que Max García Appedole precise detalles: ‘Empezó el movimiento y la verdad yo ya ni me acordaba de él. Yo estaba en Estados Unidos en ese entonces, el último día de 1993, el primero de 1994. Luego regreso a Tampico y leo en una revista el manifiesto zapatista. Cuando lo leo, ya lo conocía. Sabía que era él’.

Explica la razón: ‘El manifiesto zapatista era algo con lo que Rafael había competido conmigo en los concursos de oratoria y declamación, era el mismo tema, con palabras muy similares. Lo identifiqué inmediatamente. No lo acabé de leer y dije: éste es Rafael. Así fue’.

A pesar de tener la certeza, nunca comentó nada a ninguno de sus amigos políticos. En ocasiones, decía: ‘Yo sé quién es el Subcomandante Marcos’… pero nadie parecía tomarlo en serio, porque nadie le preguntaba.

‘Era algo que me decía a mí mismo, porque yo nunca le había dicho a nadie, o sea, hay gente que cree que yo lo delaté, no, yo nunca dije quién era Rafael, jamás. Ni al presidente, ni a Esteban Moctezuma, ni a mi compadre Luis Maldonado Venegas’, señala.

Abunda: ‘Yo sabía que era él, porque había competido conmigo en los nacionales de oratoria con los Jesuitas en varias ocasiones. Nadie me preguntó, o sea, todos creían saber quién era. La verdad es que no tenían la menor idea de lo que estaba pasando’.

COMPLOT CAMACHISTA

La pieza llamada Joaquín Contreras Cantú se vuelve central en el tablero del ajedrez político camachista en la sucesión de 1994.

El ex alcalde de Tampico fue designado titular de la Delegación Cuauhtémoc en el arranque de la Regencia de Manuel Camacho Solís en el Distrito Federal.

Cuando estalla el conflicto zapatista, el delegado del PRI en Chiapas era… Joaquín Contreras Cantú, el mismo que Rafael Sebastián Guillén Vicente llegó a llamarle ‘tío’ cuando vivía en Tampico.

‘El gobierno de Salinas, en mi opinión, sabía perfectamente todo. El que iba a negociar era tan valiente que llegaba desarmado a un lugar donde todos los hombres de un grupo supuestamente beligerante, guerrillero, estaban armados. Todos creían, pues qué valiente, pero no, estaba arreglado. Se conocían’, indica Max García Appedole.

Puntualiza: ‘Qué casualidad que al entrar el nuevo gobierno ya no había ese tipo de reuniones, había un cordón de seguridad de la Cruz Roja, había un cordón de seguridad de la sociedad’.

La conexión del conflicto chiapaneco a finales del sexenio salinista con Tampico también pasa por el ángulo histórico: Emilio Portes Gil, abogado, defendió los intereses sindicalistas a través de Isauro Alfaro y Serapio Venegas, líderes que, a su estilo, también fueron cobijados por intereses políticos.

Expone su teoría al encadenar los hechos: ‘En ese momento, ¿a quién tenía Camacho en la Delegación Cuauhtémoc?, que es la más importante delegación en la Ciudad de México, donde están los comercios, los restaurantes, la Zona Rosa. El que estaba en la Delegación era uno de los mejores políticos que ha habido en Tamaulipas, que es don Joaquín Contreras Cantú. El era el delegado’.

Ata otro de los cabos de la historia: ‘¿Y luego dónde crees que andaba Joaquín Contreras Cantú cuando apareció el Movimiento Zapatista?: Estaba de delegado del PRI en Chiapas. ¿Qué casualidad? Cuando salió la lana, él estaba en el DF; y cuando surgió el movimiento, él estaba de delegado estatal de Chiapas’.

Plantea la pregunta y él mismo la responde: ‘¿Es una casualidad? Claro que no’.

Explica otra ‘casualidad’ de la historia que se suscitó hace casi 20 años en la selva de Chiapas: ‘Joaquín Contreras conocía perfectamente a Rafael. Desde niño, le decía tío’.

El ex presidente municipal era un conocedor de la historia de la ciudad de las jaibas y la figura política del tamaulipeco Emilio Portes Gil siempre la admiró.

‘Lo lógico es que siendo Joaquín un hombre tan preparado como era, conocía a la perfección la historia de Tampico. De ahí viene la historia que pasó con Emilio Portes Gil’, señala el empresario.

Joaquín Contreras Cantú se convirtió en un político muy hábil, tan hábil que sobrevivió a la muerte política de su principal padrino durante muchos años: Joaquín Hernández Galicia, aprehendido por el régimen salinista el 10 de enero de 1989.

Esa fue otra historia que conoció muy de cerca el político tampiqueño que llegó a formar parte del primer círculo político de Manuel Camacho Solís y Marcelo Ebrard, al que incorporó, por cierto, a otro tampiqueño: Humberto Zurita Eraña.

A ese primer círculo camachista perteneció una dama que años después, en los doce años panistas, sería todopoderosa: Elba Esther Gordillo, quien era, en 1989, delegada de la Gustavo A. Madero.

Por ello, Humberto Zurita Eraña, cuando fue gerente general de la Comapa de Tampico, siempre presumió su amistad con la profesora ahora caída en desgracia tras ser detenida por el nuevo gobierno de Enrique Peña Nieto.

De hecho, el jaibo Humberto Zurita fue el vocero de la campaña presidencial del candidato del Partido Nueva Alianza, Gabriel Quadri, que cobró relevancia solamente por sus piropos a la edecán del primer debate en 2012.

Bajo esa teoría, el objetivo era fortalecer el protagonismo de Manuel Camacho Solís en el escenario político de 1994 y, a la vez, el gobierno federal sembró el denominado ‘voto del miedo’, con lo cual el PRI ganó la elección presidencial con una votación histórica a su favor.

‘Esto fue algo para que la figura de Camacho se fuera a las nubes. ¿Cuándo había pasado que un candidato del PRI, de aquél PRI invencible, pasara a segundo término? Camacho traía un poder social, humano, no gubernamental, llegó sin goce de sueldo. Era una estrategia para posicionar a Camacho. ¿Salinas estaba enterado? Para mí no puede ser casualidad’, comenta el empresario.

El rompimiento entre Ernesto Zedillo y Carlos Salinas fue explosivo. Además del polémico error de diciembre, una de las posibles causas fue lo que sucedió en Chiapas. En los archivos de la Secretaría de Gobernación, los funcionarios zedillistas no encontraron ningún documento clasificado sobre la guerrilla zapatista. Nada… con excepción de un curriculum de Mercedes del Carmen Guillén Vicente, hermana de Rafael Sebastián.

‘Eso fue de mala onda’, dice Max García Appedole, porque dejaron evidencia para que el nuevo gobierno federal se lanzara contra la familia del Subcomandante Marcos sin motivo alguno, ya que ellos nunca tuvieron nada que ver con el movimiento zapatista.

Por aquél entonces, la administración zedillista investigó a Carlos Heredia Zubieta, un activista e intelectual tampiqueño de izquierda, amigo de Cuauhtémoc Cárdenas, que siempre se opuso -junto a Jorge Castañeda- a la forma en cómo se negociaba el TLC con Estados Unidos y Canadá.

MAX Y EL COMANDANTE CERO

Max García Appedole estaba de fiesta en Veracruz cuando lo llamaron de urgencia de la Secretaría de Gobernación en 1995 para corroborar una serie de datos que tenían sobre el Subcomandante Marcos.

Resulta que ya sabían que el hombre detrás del pasamontañas fue un estudiante jesuita, que gustaba de la oratoria, la declamación y la poesía y que había nacido en el puerto de Tampico.

Cuando le presentaron la fotografía que finalmente dio a conocer la Procuraduría General de la República (PGR), Max García Appedole no lo identificó de inmediato y tuvo sus dudas.

Sin embargo, el perfil encajaba a la perfección con quien fue su compañero de banca en la secundaria y la preparatoria. Después vino la ofensiva de los duros del gobierno zedillista: querían capturar al Subcomandante Marcos y, tal vez, hasta desaparecerlo del mapa político y social.

Fue cuando se hizo decisiva la intervención del tampiqueño Max García Appedole en la historia: defendió a su amigo de juventud y, prácticamente, le salvó la vida.

No lo hizo solo: tuvo que pedir -literal- ayuda internacional. Le llamó a Edén Pastora, el mítico ‘Comandante Cero’ que luchó en Nicaragua para instalar un gobierno socialista a finales de la década de los setentas. Un guerrillero de verdad.

El empresario enfatiza una y otra vez una frase: ‘Rafael es un pacifista’. Agrega: ‘Ese fue un argumento que hice valer, y para hacerlo valer le hablé a Edén Pastora, el Comandante Cero, famoso internacionalmente, y que fue una pieza clave, un hombre muy destacado y un hombre de principios’.

‘Yo le pedí a Edén Pastora que se fuera a México, porque yo necesitaba demostrarles a algunos amigos míos muy destacados en el gobierno, en particular a Luis Maldonado Venegas -que es mi compadre- y a Esteban Moctezuma, para que entre todos convenciéramos al presidente de que Guillén era un pacifista, que Guillén era, es, el dique con el que se está evitando que haya un problema en verdad peligroso’, narra con emoción el entrevistado.

En la reunión cumbre en Gobernación, Edén Pastora demostró con argumentos que el Movimiento Zapatista no era una revuelta militar. Un ejemplo saltaba a la vista tras un análisis riguroso de las fotografías: las balas que trae el Sub Marcos en las cananas no coinciden con el calibre de la pistola que porta.

Edén Pastora explicó tres o cuatro movimientos que podía hacer como guerrillero para desestabilizar el país y todos los funcionarios que lo escucharon se quedaron de ‘a seis’. ‘El Comandante Cero’ sí es un especialista en la guerrilla, en la estrategia militar.

Max García Appedole afirma: ‘Es muy inteligente Rafael, porque estaba mandando un mensaje: no queremos pelear, queremos mandar un mensaje de protesta’. Plantea un escenario que no sucedió, pero que hubiera sido caótico para el país: ‘¿Qué hubiera pasado si matan a Marcos? Seguramente se hubiera perdido el control de la situación. Marcos era un pacifista, un idealista, un hombre que vive su sueño, que logró un cambio a nivel global. Esa es su aportación’.

Sintetiza: ‘Rafael quería que se supiera que era Rafael Sebastián, él quería, pero no lo dice. Esa fue la garantía que le dio a las partes, porque la autoridad se dio cuenta que era un pacifista’.

Así fue como se salvó el Subcomandante del EZLN de ser aprehendido: de estar rodeado por el ejército, lo dejaron ir. Salvó su vida. Le salvaron la vida dos personajes: el tampiqueño Max García Appedole y el nicaraguense Edén Pastora.

La historia de la nación cambió y en los recovecos del sensible capítulo zapatista la conexión Tampico dejó múltiples y sospechosas huellas dactilares.

Después, el movimiento zapatista dejó las armas y volvió a sentarse a negociar en innumerables mesas de diálogo.

Hoy, El Subcomandante Marcos, el tampiqueño Rafael Sebastián Guillén Vicente, ocupa un lugar en la historia del México contemporáneo.

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